Pasión Creadora

LA PLENITUD POÉTICA DEL BAMBUCO

                             Por Héctor Ocampo Marín

Luis Carlos González sigue siendo para Pereira, la campana mayor. El visible rostro de un pueblo espontáneo y descomplicado. La más genuina traducción humana de su verdadero espíritu y de su sincero humor y sentimentalidad. La poemática bambuquera de Luis Carlos González Mejía, es parte dinámica de este gran milagro humano que es Pereira.

En sus bambucos, el poeta risaraldense, aprisiona la tonada autóctona y la genuina que bulle en el ambiente, que libérrima se desparrama sobre el paisaje nativo. La canción de Luis Carlos González, es clara y natural como las obras elementales de la creación. Por ello, tiene un amplio ámbito de resonancia para todos los oídos y para todos los lugares de la geografía patria. Cuántas veces hemos sentido el aleteo melodioso de la estrofa milagrosa, sin encontrar las palabras exactas para estructurar un día el poema-canción!. El maestro pereirano sí pudo encontrar sin esoterismos, esas palabras justas del idioma y el ritmo ajustado al sentimiento y a la emoción intelectiva, para configurar el canto perenne, la estrofa inolvidable:

Vecinita de mi vida,/ vecinita de mi alero,/

por qué te muestras esquiva/ sabiendo que yo te quiero?/

Te quiero porque, anhelada,/ eres flor de mi sendero,

clara fuente en mi jornada/ y de mis noches, lucero.   

En el bambuco “Antioqueñita”, el poeta recoge toda la ternura y toda la dulce pasión que sabe encender la bella mujer antioqueña. En esta rima, por ejemplo, no sobra ni falta una palabra:

Dime, antioqueñita hermosa,/ si fuí trovero en tus sueños,

porque la voz que te canta/ es el alma de mi pueblo,

que vibra sobre las cuerdas/ del tiplecito bohemio

con que alegraron sus noches/ en la selva mis abuelos.

“La Ruana” es un bambuco que ha recorrido triunfante todos los caminos de América. Esa sencilla prenda tiene su apasionada historia y su participación decidida en las faenas creadoras de una raza superior;

La capa del viejo hidalgo/ se rompe para ser ruana

y cuatro rayas confunden/ el castillo y la cabaña.

Es fundadora de pueblos/ con el tiple y con el hacha,

y con el perro andariego/ que se tragó las montañas.

Abrigo del macho macho,/ cobija de cuna paisa,

sombra fiel de mis abuelos y tesoro de la patria;

calor de pecado dulce/ y dulce calor de faldas,

grita con sus cuatro puntas,/ el abrazo de la ruana.

Porque tengo noble ancestro/ de Don Quijote y Quimbaya,

hice una ruana antioqueña/ de una capa castellana;

por eso cuando sus pliegues/ abrazo y ellos me abrazan,

siento que mi ruana altiva/ me está abrigando es el alma.

En una forma total, la sensibilidad de Luis Carlos González, logró consustanciarse con el alma y el destino de su pueblo. A través de sus bambucos pudo penetrar expresivamente el espíritu y el sentimiento terrígenos. La ciudad, desde luégo, ve en su poeta, al más significativo símbolo de su autenticidad y de sus querencias. En realidad, no existen muchos ejemplos de grandes urbes que tengan en tan notable estima a un hijo de la “civitas”, que vivió apenas ocupado, con dedicación eso sí, a expresar con palabras melodiosas las esencialidades intangibles del existir comarcano.

El relato-cantata de la génesis de la colonización, la plenitud de la colonia creadora, el avance hacia la modernidad, hasta nuestros días cuando ya se vislumbra cierta decadencia de la sociedad industrial; todo ello, en el oficio de cantar en verso encogido y matemático la épica montañera, el paso memorioso de los hombres y mujeres que aprestigiaron el destino de un conglomerado humano cargado de inmensas calidades y energía creadora; ello, ha constituído tarea que la gente de Pereira entiende y sabe apreciar en todas sus dimensiones. Estos paisanos saben perfectamente que, sólo el poeta puede contar a la posteridad con signos veraces, el sentido que presidió y magnificó la epopeya colonizadora, que fundó pueblos y creó grandes emporios de riqueza campesina.

Gonzalez Mejía en su obra literaria, destacó todos aquellos episodios de viva humanidad a lo largo del proceso evolutivo de

la aldea que se convierte en ciudad; de la descomplicada economía agrícola que cede el paso a las confecciones y a las chimeneas. El giro de la infancia a la adolescencia, de la adolescencia a la plena juventud de la vida campesina y de esta al fenómeno citadino:

Cansancio de tierra y hombre

-torpe ceguera de lámpara-

está cerrando horizontes

y licenciando las hachas,

mientras el recuerdo siembra

sobre surcos de añoranza,

silencio de ruiseñores

en la tierruca y el alma.

El poeta descubrió y plasmó con indudable maestría y evidente sencillez, las vigorosas calidades de los hombres y de las mujeres protagonistas de la etapa primigenia y promisoria de nuestro historial comarcano. Sus virtudes y sus pasiones. Sus ambiciones y esperanzas. Su energía, sus afectos, su capacidad de ternura, su vida sentimental, la valentía y masculinidad egregia de los varones y la capacidad de amor y de sacrificio de sus mujeres.

Dentro de una gran fuerza de síntesis los versos del poeta, engastan en el apenas necesario material idiomático, las vidas y proezas de un pueblo con casta, su paisaje, sus ríos y la fresca

energía de sus pobladores. El poeta nos dice:

Sangre, sudor y fatiga,/ copla, oración y blasfemia,

semilla madrugadora/ y río escultor de piedra,

le dieron temple de acero/ y rubia miel de ciruela,

para el vigor de sus machos/ y el milagro de sus hembras.

No agobian sus muros nuevos/ leyendas de historia vieja,

ni su juvenil pasado/ es momia de biblioteca,

porque, apenas, es simiente/ de yunque, rosal y hoguera

Pereira, la querendona,/ trasnochadora y morena.

Porque la ciudad el alma/ se la da Colombia entera,

por derecho es pereirano/ todo al que sus lares llega;

y le abrigan como ruana/ los pliegues de su bandera,

porque aquí no hay forasteros,/ ni Pereira tiene puertas.

                                       Santafé de Bogotá, 28-X-93